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sábado, 29 de agosto de 2009

La lectura como viaje y viceversa

El verano y las vacaciones nos aportan tiempo para leer y también para viajar. El viaje solemos entenderlo como un desplazamiento físico a lugares no habituales, de manera que la distancia, el exotismo o la aventura suponen acicates para llevarlo a cabo. Sin embargo, la lectura puede ser entendida como una manera de viajar. En su acepción más lineal podemos remitirnos a la literatura de viajes, donde autores como Julio Verne, Robert Louis Stevenson, Joseph Conrad, Bruce Chatwin o Ryszard Kapuscinski entre otros muchos narradores nos han transmitido sus experiencias y la emoción de los viajes (reales o fantaseados). Una cuestión relevante sin duda en la literatura de viajes es el problema de la verdad. Para comunicar una realidad utilizando una herramienta como la literatura no hay que poner en juego tanto los sentidos como la imaginación. Es necesario proponer a lo lectores una abstracción, una imagen que permita construir lo que no estamos viendo pero que podemos recrear gracias a la capacidad creativa de los grandes escritores.
Estas consideraciones vienen a propósito de un libro que he leído estas vacaciones de verano que ya acaban y que me ha resultado fascinante. Se trata de Las Encantadas (Editorial Berecine, traducción de David Cruz) obra de Herman Melville, el autor de Moby-Dick, publicada en 1854 y cuyo título hace referencia a las islas Galápagos; un libro poco conocido del escritor norteamericano que sintetiza la esencia del viaje, del descubrimiento.
Ante la dificultad de contar la verdad que siempre tiene aspectos no expresables, o si se quiere, como se nos dice en la introducción de la obra: al intentar resolver "la ruptura entre lo vivido y lo contado, lo que es y lo que se escribe"; Herman Melville desarrolla una capacidad sobrecogedora para transmitirnos su experiencia viajera, sus sentimientos y pulsiones ante una realidad impactante que se transforma en lenguaje metafórico. Como ejemplo y como invitación a la lectura reproduzco los primeros párrafos de Las Encantadas.

"De ningún modo puede eso ser, dijo el barquero, ya que por ignorancia pereceríamos: pues estas mismas islas que así nos lo parecen ni son tierra firme, ni ganancia asegurada, sino cursos errabundos, que acá y allá vagan en aguas abiertas; por eso así se las llama, las islas Errantes: por eso son conocidas; a menudo han arrastrado a almas intrépidas a los más mortíferos peligros y asechanzas; pues quienquiera que en alguna ocasión haya puesto pie sobre ellas quizá nunca lo recupere, y vagará por siempre sin certeza e inseguro. (...)
Imaginad veinticinco montones de ceniza esparcidos acá y allá en un solar a las afueras de una ciudad, imaginad a algunos de ellos tan altos como montañas y al solar circundante como el mar, y así tendreis una idea apropiada del aspecto general de las islas Encantadas. Un grupo más de volcanes extintos que de islas, de aspecto muy similar al que ofrecería el mundo tras ser arrasado por un fuego justiciero. (...)
¿Qué decir de la soledad? Los grandes bosques del norte, las inmensas aguas aún sin surcar, los campos helados de Groenlandia son las soledades más profundas para el observador humano, si bien la magia de las corrientes y las estaciones cambiantes mitigan su terror, porque, aunque infrecuentados por el hombre, mayo visita esos bosques, los mares más remotos reflejan estrellas conocidas tal y como lo hace el lago Eire y en el límpido aire de un día polar el hielo que irradia un azul celeste se muestra tan hermoso como la malaquita.
Pero la especial maldición, si así puede llamarse, de las Encantadas, esa que hace que se eleve en desolación por encima de Idumea y el Polo, es que el cambio nunca las visita, ni el de las estaciones ni el de las tristezas. Atravesadas por el Ecuador, no conocen otoño, tampoco primavera; reducidas ya a espumas de fuego, la ruina no puede hacer mucho más en ellas. (...) Como calabazas sirias partidas pudriéndose al sol, se encuentran agrietadas por una sequía eterna bajo un sol tórrido. (...) Poca vida se encuentra aquí, sólo reptiles: galápagos, lagartos, inmensas arañas, serpientes y la más extraña de las anomalías que la extravagante naturaleza ha dado, la iguana. Ninguna voz, o susurro, o aullido se escuchan; el principal sonido de vida en este lugar es el siseo."

Cuando en el mundo de la educación solemos enfrascarnos en debates sobre el papel de los soportes (el libro electrónico versus libro convencional) y los medios (la potencia de las nuevas tecnologías frente a la palabra), estas consideraciones literarias quizás aporten algunas ideas para la reflexión sobre la necesidad de profundizar más y mejor en las implicaciones que conlleva la tarea de educar, y el papel que deben jugar en ella el lenguaje y la imaginación.

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